No hay nada como abrir una bolsa recién traída de la lonja y ver cómo brillan los cuerpos translúcidos, firmes y ligeramente rosados de los camarones. Y no hablo desde la nostalgia, sino desde la pura emoción que todavía me invade cada vez que vuelvo a comprar camarones Sanxenxo, sabiendo que lo que llevo a casa no es solo marisco, sino un pedacito de océano, de tradición y de excelencia gastronómica.
El camarón fresco tiene esa forma casi poética de anunciarse: su aroma recuerda la brisa que acaricia las bateas, ese olor a sal que se cuela por las rendijas del puerto. Si te acercas a los puestos donde se vende el producto del día, verás cómo se mueve una pequeña parte del mar entre cubetas de hielo. Su frescura no se mide con palabras; se ve en el color, se palpa en la textura y se siente en el corazón del que sabe apreciar un manjar honesto.
Al llegar a casa, lo que toca es tratarlo con el respeto que merece. Para mí, lo mejor es cocerlos en agua de mar —o en su defecto, con sal gorda a conciencia— apenas un par de minutos, lo justo para que adquieran ese tono rojizo perfecto. Si has hecho bien las cosas, la cáscara se separa sin esfuerzo, y la carne queda firme pero jugosa, con ese sabor intenso, mineral, casi dulce que solo el camarón de nuestra ría puede tener.
Y no hay que complicarse demasiado. A veces los acompaño con unas gotas de limón, pero muchas otras los sirvo tal cual, con pan crujiente, un albariño bien frío y el tiempo detenido en una conversación de sobremesa. Porque el camarón no se devora: se disfruta, se comparte, se saborea con calma. Se convierte en protagonista sin necesidad de alardes, porque su calidad habla por sí sola.
La frescura es esencial, y en Sanxenxo es fácil acceder a ella si sabes dónde buscar. Hay vendedores que llevan años mimando el producto, que conocen a los marineros por su nombre y que saben exactamente cuándo han sido capturados. Esa relación de confianza, ese circuito corto entre el mar y la mesa, es lo que marca la diferencia. Y cuando lo pruebas, ya no quieres otra cosa.
Hay algo profundamente reconfortante en preparar un plato con camarones recién comprados. Es como si todo volviera a su sitio: los sabores, los recuerdos, el placer de lo simple. No necesito salsas ni recetas complicadas para sentir que estoy comiendo algo especial. Solo necesito eso: producto fresco, cocción justa y el silencio cómplice de quien sabe que, por unos minutos, la cocina se ha convertido en el mejor restaurante de la costa.