La edad, las palpitaciones o los antecedentes familiares determinan cuándo debe contactarse por primera vez con el cardiólogo. Por lo general, los hombres visitan a este especialista a la edad de cuarenta años mientras que las mujeres pueden retrasarlo hasta los cincuenta o después de la menopausia. Esperar hasta sentir los primeros avisos y molestias sería un error, pues las enfermedades del corazón se combaten con la prevención activa, y es aquí donde el papel de los cardiólogos en Pontevedra y otras provincias adquiere toda su importancia.
En primer lugar, la predisposición genética es uno de los mayores factores de riesgo. Una persona con antecedentes de cardiopatía en su familia tiene una mayor probabilidad de desarrollar esta afección que otra sin ellos. Esto incluye los infartos de miocardio o el síndrome de Brugada. En otras palabras, las enfermedades cardíacas pueden heredarse.
Los malos hábitos también subyacen a los problemas del corazón, por el impacto de la nicotina en los vasos sanguíneos, el miocardio o la presión arterial. Por su parte, un consumo excesivo de alcohol incrementa el riesgo de padecer hipertensión, ictus y arritmias. Incluso en bajas cantidades, la Federación Mundial del Corazón (WHF) desaconseja las bebidas etílicas.
Al margen de la edad, el estilo de vida y los antecedentes familiares, determinadas señales de alerta obligan a pedir cita con el cardiólogo. La presión en el pecho es un síntoma ineludible. Se manifiesta como una opresión en el centro del pecho que puede irradiarse a la espalda y otras regiones. Otras advertencias del organismo que no conviene desoír son las palpitaciones, la hinchazón de los tobillos y los mareos frecuentes.
A partir de los sesenta o setenta años, la disfunción eréctil puede entrar en escena como una consecuencia natural del envejecimiento. Sin embargo, su aparición a edades inferiores enmascara patologías coronarias que representan una amenaza para la salud.