El ritual de asegurar nuestros billetes a la Isla de Ons

Cerrar pestañas en el navegador a veces es el mayor acto de liberación posible. Llevo semanas inmerso entre automatizaciones con Make, bases de datos en Supabase y auditorías de visibilidad para la agencia, así que cuando mi mente pide un respiro, la brújula siempre apunta hacia el Atlántico. Esta vez, el objetivo no son las Cíes, sino su hermana algo más salvaje y menos domesticada: la Isla de Ons. Pero, como todo buen paraíso protegido, el acceso requiere un trámite previo, un pequeño laberinto de clics que, por pura deformación profesional, siempre acabo analizando al milímetro.

El proceso de comprar los billetes para ons arranca mucho antes de elegir naviera; empieza con la ansiada autorización de la Xunta. Con la música techno sonando de fondo —últimamente una buena sesión de acid es lo único que me mantiene enfocado frente a la pantalla—, navego por el portal oficial. Para alguien que lleva más de veinte años respirando SEO y optimizando embudos de conversión, enfrentarse a estas interfaces públicas siempre tiene su punto cómico. Seleccionar el día, cruzar los dedos para que queden plazas en el cupo diario y, una vez obtenido el código de reserva, saltar a la web del catamarán para cerrar la compra. Es una fricción digital necesaria, la aduana virtual que separa el caos de la civilización de la calma absoluta.

Cuando el correo de confirmación finalmente aterriza en la bandeja de entrada, la escapada se vuelve real. Intercambio una mirada cómplice con mi pareja; ambos sabemos que es el momento de empezar a organizar la logística en casa. Esa es siempre la parte que da un poco más de pena. Nos toca la inevitable charla silenciosa con Leo. Nuestro labrador de pelaje color miel nos ve mover mochilas y ya sabe perfectamente que esta vez no hay sitio para él en el barco. Dejarlo al cuidado de las mejores manos, junto con nuestro gato, es la única concesión dolorosa de este plan. El frágil ecosistema del parque nacional exige un respeto absoluto, y eso implica ir sin ellos.

Con los billetes ya guardados en el wallet del móvil, la anticipación toma el control. Ons tiene una energía diferente, una crudeza magnética. Ya me imagino subiendo hacia el Burato do Inferno, sintiendo cómo el viento cargado de salitre te limpia cualquier rastro de estrés acumulado entre servidores y estrategias de directorios locales. Y, por supuesto, está la recompensa que corona el día. Porque pisar Ons y no sentarse a disfrutar de la gastronomía de la ría sería un delito; en mi cabeza ya he reservado hueco para unas buenas nécoras o unos camarones frescos al terminar la ruta.

Apago el monitor y silencio las notificaciones. La reserva está hecha. En un par de días, cambiaremos el asfalto de Vigo y las alertas de los clientes por el ronroneo profundo del motor del catamarán cortando el agua. Es fascinante cómo un simple trámite digital puede ser el pasaporte directo a la desconexión más pura que conozco.