Pese a ser la oveja negra de nuestra alimentación, los antojos están presentes en la dieta de todos los europeos: las patatas fritas, los snacks dulces, una caja de bombones de chocolate, etcétera. Para la ciencia, esta adicción al azúcar, la sal o el cacao puede explicarse a través de los neurotransmisores que se liberan durante su consumo.
Varios estudios han demostrado que el chocolate genera un efecto cerebral muy similar a las drogas. Ni siquiera hace falta comerlo: pensar en este derivado del fruto del Theobroma cacao es suficiente para aumentar la producción de dopamina, la denominada «hormona de la felicidad». La sensación de bienestar y el buen humor que causan los bombones, chocolatinas, etcétera, es atribuible igualmente a la serotonina y las endorfinas, liberadas en grandes cantidades al degustar estos comestibles.
En épocas de intenso calor, los helados pasan a formar parte del menú diario, sin importar que los nutricionistas adviertan de su impacto negativo por la ‘sobredosis’ de azúcar que suponen. El secreto de su éxito reside también en un porcentaje de grasa láctea superior al diez por ciento en muchos casos. El binomio entre grasas y azúcares anula los efectos saciantes del helado, lo que incentiva su consumo.
Los aperitivos salados disparan asimismo el nivel de dopamina y serotonina en el organismo. Este cóctel placentero contrasta con la pérdida real de electrolitos que acarrean. Tampoco puede obviarse el gusto por la crocancia (la textura crujiente de ciertos alimentos), un fenómeno que radica en la respuesta cerebral a la ingesta de productos crunchy.
El carácter aditivo de ciertos snacks se debe en gran medida a los potenciadores del sabor. Uno de los más explotados en la industria alimentaria es el glutamato monosódico (GMS), casi omnipresente en mix de frutos secos con sabor a barbacoa, queso y otros sabores intensos.