Siempre he pensado que los sitios para comer en San Marcos tienen un pulso diferente al de cualquier otro punto en Santiago. Aquí, donde el Monte do Gozo marca el último gran respiro de los peregrinos y la ciudad empieza a sentirse en los huesos, la gastronomía no vive de artificios ni prisas. Es un territorio de contrastes honestos: desde la taberna de toda la vida donde el vapor de los pucheros empaña los cristales, hasta pequeñas joyas donde el producto gallego se viste con un punto contemporáneo sin perder el alma.
Cada vez que me acerco a esta zona a la hora del almuerzo, el primer dilema es el de siempre: ¿apetito de tapeo informal o sobremesa larga y pausada? Cuando el cuerpo me pide lo primero, suelo dejarme caer por las tascas y mesones más cercanos al trazado del Camino. Me fascina sentarme en una terraza o acodarme en una barra mientras veo pasar mochilas polvorientas y caras de cansancio feliz. En estos locales tradicionales el guion nunca falla: una ración de pulpo á feira cortado al momento, con su golpe justo de pimentón picante y aceite generoso, o una tortilla jugosa con esa patata tierna que solo se consigue en esta tierra. Acompañar eso con un vino blanco servido en taza o una caña bien tirada es, para mí, el ritual más genuino del lugar.
Sin embargo, San Marcos guarda también una faceta más sosegada que se descubre cuando uno se aleja apenas unos metros de la ruta directa. Hay asadores y restaurantes de corte más amplio donde el protagonismo absoluto lo toma la brasa. Son lugares ideales para los días fríos o los domingos familiares, con olor a leña en el ambiente y vitrinas que exhiben chuletones de vaca vieja y pescados de las rías que no necesitan más ciencia que el fuego exacto y una pizca de sal gorda. Recuerdo con especial cariño una comida reciente en uno de estos comedores: una parrillada de carne donde el secreto ibérico y el churrasco de ternera llegaron a la mesa crujientes por fuera y tiernos por dentro, escoltados por pimientos de Padrón y patatas de verdad.
No faltan tampoco opciones de corte más desenfadado, diseñadas para quienes buscan un menú del día contundente antes de emprender la bajada hacia la catedral. Caldos gallegos que resucitan a cualquiera en pleno otoño, zorza bien adobada o zamburiñas a la plancha conviven con cafeterías modernas que ofrecen tostas elaboradas y bocadillos de autor para el que tiene prisa pero no quiere renunciar al sabor.
Comer en San Marcos es entender la antesala de Compostela con el paladar: una parada sin pretensiones, cargada de hospitalidad franca y platos que reconfortan tanto al viajero que ha caminado cientos de kilómetros como al que simplemente busca una buena mesa lejos del bullicio del casco histórico.